
Reconozco que tengo el día tonto. Pero también es cierto que siempre que me apetece escribir sobre el primer disco de Fleet Foxes tengo el día tonto. Así que será por algo, más allá de la pura casualidad. Pero, en todo caso, si no estáis de acuerdo, achacadlo a lo que os digo. Y es que, por más vueltas que le doy, tengo la sensación de que me esperaba mucho más del disco homónimo de uno de los grupos más alabados de los últimos tiempos.
Esta vez, además, la culpa no es de los medios ni del momentazo hype que están viviendo estos neohippies de Seattle. La culpa es exclusivamente suya, por sacar hace unos meses un EP de adelanto tan impresionante como Sun Giant. Sobre ellos, yo mismo escribía allí:
Fleet Foxes tienen talento y espacio para crecer. Tienen, además, un par de eps reveladores de hasta dónde pueden llegar. Hay esperanza aquí. La mía, desde luego, está depositada en ellos a paletadas.
Y, bueno, sí, tenemos un disco muy notable, lleno de referencias a los 60. Por un lado, al folk psicodélico de los Byrds y a las melodías que sólo sonaban en la cabeza de Brian Wilson en la época en que le dio por acometer Smile. Y por otro a Crosby, Stills y Nash. También, dicen, a unos Pentagle que como nunca he aguantado demasiado bien prefiero dejar a un lado (Quizás ahora que me hago mayor y que hasta la Mojo les dedica artículos retrospectivos sea el momento de volver a probar con ellos, pero la verdad es que estos ingleses se me han atragantado siempre).
Eh, las referencias son exquisitas, de eso no hay duda. ¿Y entonces? ¿Qué pasa? Pues que se me hace largo, que me sobran determinadas canciones y, sobre todo, que mientras en Sun Giant siempre me quedaba con ganas de más, aquí me quedo bastante repleto de ellos. Hasta un poco empalagado de ese ambiente entre pastoril y eclesiástico.
No estoy minimizando su valor o, al menos, no quiero que dejéis de echarle un ojo, porque seguro que encontráis más raoznes que yo para amarles incodicionalmente. Pero hay un toque escondido que no me acaba de satisfacer del todo: o se han hecho demasiadas canciones, o al final, después de tanto oírles, lo que parecía belleza improvisada empieza a ser “demasiado bonito” como para ser real.
Estoy quisquilloso, pero si a ‘Quiet Houses’ le hubiesen quitado ese desarrollo final no se habría resentido. También veo que otras me gustan más si las escucho en solitario que del tirón, caso de ‘He Doesn´t Know Why’. Y, en general, llego bastante agotado a la última canción, sobrepasado por tanta catedral sonora.
Y, sin embargo, cuando las canciones llegan aleatoriamente, entre medio de otros grupos, siempre pienso: “vaya disco y vaya grupo”. O “¡Qué bonito el comienzo de ‘Heard Them Stirring’!”. Y así.
Lo que es innegable es que ‘White Winter Hymnal’ (youtube) es una de las canciones del año y para defenderla estoy dispuesto a batirme en duelo con quien sea. Lo demás ya no lo tengo tan claro.
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